Un cuento ~ El campesino que jugó a ser Dios

Un día un campesino encontró a Dios y le dijo:

– Tú has creado el mundo pero no eres un campesino, no conoces la agricultura. Tienes mucho que aprender.

Dios le preguntó:

– ¿Cual es tu consejo?

– Dame un año y deja que las cosas ocurran tal y como yo quiero. La pobreza no existirá nunca más.

Dios aceptó. Naturalmente, el campesino pidió lo mejor: ni tormentas, ni ningún tipo de peligro para el grano. El trigo crecía y el campesino era feliz. Todo era perfecto.

Al final del año, el campesino encontró a Dios y le dijo, orgulloso:

– ¿Has visto cuánto trigo tenemos? ¡Habrá comida suficiente por 10 años sin tener que trabajar!

Sin embargo, cuando recogió el grano, se dio cuenta de que estaban vacíos. Desconcertado, le preguntó a Dios qué había pasado, a lo que este respondió:

– Has eliminado los conflictos y las fricciones, así que el trigo no terminó de germinar.

Los problemas son parte de la vida, nos hacen fuertes, nos convierten en personas resilientes. Los días de tristeza son tan necesarios como los días de felicidad porque nos permiten crecer. Por tanto, es mejor dejar de quejarse y de sentirse miserable por las dificultades, estas son oportunidades para aprender a ver la vida con otros ojos.

Cuento budista.

Una de las leyes del Universo es la del Ritmo, “Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha, es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación.” Esta es la manera cómo podemos conocer lo bueno de la vida, tras pasar por los obstáculos, cómo conocemos la luz a través de la obscuridad.

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Un cuento ~ El significado de una rosa

RosaRoja

John Blanchard se levantó de la banca, alisó su uniforme de marino y estudió a la muchedumbre que hormigueaba en la Grand Central Station. Buscaba a la chica cuyo corazón conocía, pero cuya cara no había visto jamás, la chica con una rosa en su solapa.

Su interés en ella había empezado trece meses antes en una biblioteca de Florida. Al tomar un libro de un estante, se sintió intrigado, no por las palabras del libro, sino por las notas escritas a lápiz en el margen. La suave letra reflejaba un alma pensativa y una mente lúcida. En la primera página del libro, descubrió el nombre de la antigua propietaria del libro, Miss Hollis Maynell.

Invirtiendo tiempo y esfuerzo, consiguió su dirección. Ella vivía en la ciudad de Nueva York. Le escribió una carta presentándose e invitándola a cartearse. Al día siguiente, sin embargo, fue embarcado a ultramar para servir en la Segunda Guerra Mundial.

Durante el año y el mes que siguieron, ambos llegaron a conocerse a través de su correspondencia. Cada carta era una semilla que caía en un corazón fértil; un romance comenzaba a nacer. Blanchard le pidió una fotografía, pero ella se rehusó.

Ella pensaba que si él realmente estaba interesado en ella, su apariencia no debía importar. Cuando finalmente llegó el día en que el debía regresar de Europa, ambos fijaron su primera cita a las siete de la noche, en la Grand Central Station de Nueva York. Ella escribió: “Me reconocerás por la rosa roja que llevaré puesta en la solapa.” Así que a las siete en punto, él estaba en la estación, buscando a la chica cuyo corazón amaba, pero cuya cara desconocía.

Dejaré que Mr. Blanchard relate lo que sucedió después: “Una joven venia hacia mí, y su figura era larga y delgada. Su cabello rubio caía hacia atras en rizos sobre sus delicadas orejas; sus ojos eran tan azules como flores. Sus labios y su barbilla tenían una firmeza amable y, enfundada en su traje verde claro, era como la primavera encarnada.

Comencé a caminar hacia ella, olvidando por completo que debía buscar una rosa roja en su solapa. Al acercarme, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios. “¿Vas en esa dirección, marinero?” murmuró. Casi incontrolablemente, di un paso para seguirla y en ese momento vi a Hollis Maynell. “Estaba parada casi detrás de la chica. Era una mujer de más de cuarenta años, con cabello entrecano que asomaba bajo un sombrero gastado. Era bastante llenita y sus pies, anchos como sus tobillos, lucían unos zapatos de tacón bajo.” “La chica del traje verde se alejaba rápidamente. Me sentí como partido en dos, tan vivo era mi deseo de seguirla y, sin embargo, tan profundo era mi anhelo por conocer a la mujer cuyo espíritu me había acompañado tan sinceramente y que se confundía con el mío.

Y ahí estaba ella. Su faz pálida y regordeta era dulce e inteligente, y sus ojos grises tenían un destello cálido y amable. No dudé más. Mis dedos afianzaron la gastada cubierta de piel azul del pequeño volumen que haría que ella me identificara. Esto no sería amor, pero sería algo precioso, algo quizá aún mejor que el amor: una amistad por la cual yo estaba y debía estar siempre agradecido.

Me cuadré, saludé y le extendí el libro a la mujer, a pesar de que sentía que, al hablar, me ahogaba la amargura de mi desencanto. “Soy el teniente John Blanchard, y usted debe ser Miss Maynell. Estoy muy contento de que pudiera usted acudir a nuestra cita. ¿Puedo invitarla a cenar?”

La cara de la mujer se ensanchó con una sonrisa tolerante. “No sé de que se trata todo ésto, muchacho,” respondió, “pero la señorita del traje verde que acaba de pasar me suplicó que pusiera esta rosa en la solapa de mi abrigo. Y me pidió que si usted me invitaba a cenar, por favor le dijera que ella lo esta esperando en el restaurante que esta cruzando la calle.”

No es difícil entender y admirar la sabiduría de Miss Maynell. La verdadera naturaleza del corazón se descubre en su respuesta a lo que no es atractivo. “Dime a quién amas,” escribió Houssaye, “y te diré quién eres.”.

Fuente:
Tomado del libro “Y los ángeles guardaron silencio” del autor Max Lucado.

Un cuento ~ El caballo y el pozo

Un campesino, caminaba por el campo cuando descubrió que su caballo había caído en un pozo abandonado. El pozo era muy profundo, así que por más esfuerzos que hacía por sacarlo no había manera. Después de agotar todas las posibilidades para sacarlo, tomó la decisión de sacrificar al caballo para que no sufriera. Así que decidió lanzarle tierra para enterrarlo.

Por más que echaba tierra, el caballo no se enterraba y descubrió que cada vez que le caía tierra al caballo éste se sacudía y la tierra se acumula en el fondo.

Descubrió que el caballo no se dejaba enterrar y así poco a poco fue subiendo hasta que logró salir. No sólo salió el caballo, sino que también tapó el pozo.

caballo

Si te encuentras en el fondo del pozo y todo el mundo te tira tierra para enterrarte, recuerda al caballo de esta historia. No aceptes la tierra que te tiren, sacúdela y sube sobre ella. y cuanto más te tiren, más oportunidad tendrás de ir subiendo, hasta que logres salir y tapes el pozo.

Recuerda, aunque parezca que todo está perdido… ¡siempre hay solución!

Seamos conscientes y felices, aquí y ahora.

Fuente:
Autor anónimo. Extraído de la red.
Imágenes de Internet.

Un cuento ~ Los cien días del plebeyo

Era una bella princesa que estaba buscando consorte…

Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo, que no tenía más riquezas que amor y perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo: “Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. Ésa es mi dote“.

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar: “Tendrás tu oportunidad, si pasas la prueba, me desposarás“.

Así pasaron las horas y los días. El pretendiente estuvo sentado, soportando los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento. De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, la cual, con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas. Incluso algunos optimistas habían comenzado a planear los festejos.

PlebeyoAl llegar el día noventa y nueve, los pobladores de la zona habían salido a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto, cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la infanta, el joven se levantó y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa: “¿Qué fue lo que te ocurrió?, estabas a punto de lograr la meta, ¿por qué perdiste esa oportunidad?, ¿por qué te retiraste?“.

Con profunda consternación y algunas lágrimas mal disimuladas, contestó en voz baja:

Ella no me ahorró ni un día de sufrimiento, ni siquiera una hora, no merecía mi amor…“.

El merecimiento no siempre es egolatría, sino dignidad. Cuando das lo mejor de ti misma(o) a otra persona. Cuando decides compartir la vida, cuando abres tu corazón de par en par y desnudas el alma hasta el último rincón, cuando pierdes la vergüenza, cuando los secretos dejan de serlo, al menos mereces comprensión. Que se menosprecie, ignore o desconozca fríamente el amor que regalas a manos llenas es desconsideración o, en el mejor de los casos, ligereza.

Cuando amas a alguien que además de no corresponderte desprecia tu amor y te hiere, estás en el lugar equivocado. Esa persona no se hace merecedora del afecto que le prodigas. La cosa es clara: si no te sientes bien recibido en algún lugar, empaca y vete.

No te quedes tratando de agradar y disculpándote por no ser como te gustaría que fueras. No hay vuelta de hoja. En cualquier relación de pareja que tengas, no te merece quien no te ame, y menos aún quien no te acepte como eres.

Retirarse a tiempo con la satisfacción de haber dado lo mejor de ti mismo… ¡No tiene precio!

Fuente:
Sabiduría para el desarrollo personal. Corporación Editora Chirre S.A. Lima, Perú.

Un cuento ~ Las apariencias engañan

Moisés Mendelssohn, abuelo de un compositor del mismo nombre, era un judío alemán de Hamburgo, filósofo de la Ilustración.  Podríamos decir que distaba de ser guapo. Tenía una joroba muy pronunciada, por lo que se recluía en su trabajo y apenas llevaba vida social.  Un día fue con su padre a casa de unos amigos, unos mercaderes que tenían una hija, Frumtje, preciosa como una princesa.  Moses se enamoró perdidamente de ella e intentó hablarle, pero a ella le repelía su apariencia. Arisca, le cortaba secamente con monosílabos.

Cuando llegó el momento de despedirse, Moses hizo acopio de su valor y subió las escaleras hasta donde estaba el cuarto de aquella hermosa joven, pero a Moses le entristecía profundamente su negativa al mirarlo.

El verdadero amor

Después de varios intentos de conversar con ella, por fin Moisés se atrevió y preguntó:
— ¿Tú crees que Dios designa los matrimonios en el cielo?
Eso le interesó y le contestó:
— No lo sé. ¿Tú qué opinas?
— Yo creo que sí, dijo Moisés. Verás, en el cielo cada vez que un niño nace, el Señor anuncia con qué niña se va a casar, así que cuando yo iba a nacer, Dios me señaló una niña preciosa que tendría una joroba tremenda.
— Ay, Señor, le dije. Una niña con joroba sería terrible. Pásamela a mí y permite que ella sea hermosa. Y Dios me la pasó…

Un relámpago de emoción recorrió el cuerpo de Frujtje. De pronto, un hondo recuerdo la conmovió. “Esa joroba me tocaba a mí”, pensó. Y una oleada de amor y ternura le invadió el corazón. Se le acercó y lo abrazó. Se hicieron novios y fueron un matrimonio feliz.

Autor anónimo.

Un cuento ~ Un pequeño cuento budista

Pequeño monje budistaUn monje, imbuido de la doctrina budista del amor y la compasión por todos los seres, encontró en su peregrinar a una leona herida y hambrienta, tan débil que no podía ni moverse.

A su alrededor, leoncitos recién nacidos gemían intentando extraer una gota de leche de sus secos pezones.

El monje comprendió perfectamente el dolor, desamparo e impotencia de la leona, no sólo por sí misma, sino, sobre todo por sus cachorros.

Entonces, se tendió junto a ella, ofreciéndose a ser devorado y así salvar sus vidas.

Fuente:
Imágenes y texto tomados de la red

Un cuento ~ El hombre santo

Cabaña del MaestroHace mucho tiempo, en una campiña alejada se propagó la voz sobre el sabio hombre santo que vivía en una casa pequeña encima de la montaña.

Un hombre de la aldea decidió hacer el largo y difícil viaje para visitarlo. Cuando llegó a la casa, vio a un viejo criado al interior, que lo saludó en la puerta.

– Quisiera ver al sabio hombre santo – le dijo al criado.
El sirviente sonrió y lo condujo adentro.

Mientras caminaban a través de la casa, el hombre de la aldea miró con impaciencia por todos lados en la casa, anticipando su encuentro con el hombre santo. Antes de saberlo, había sido conducido a la puerta trasera y escoltado afuera.

Se detuvo y giró hacia el criado:
– ¡Pero quiero ver al hombre santo!
– Usted ya lo ha visto – dijo el viejo.
– A todos a los que usted pueda conocer en la vida, aunque parezcan simples e insignificantes… véalos a cada uno como un sabio hombre santo. Si hace esto, entonces cualquier problema que usted haya traído hoy aquí, estará resuelto.

¿Observamos atentamente, con conciencia las señales que nos ofrece la Vida? ¿Somos lo suficientemente humildes, desde el Alma, para reconocer las enseñanzas que tienen para nosotros cada uno con quien contactamos?

Fuente:
Cuento Zen tradicional.