Mi Experiencia con Vipassana Vol.02

Ya conté lo accesorio. Ahora sí, lo esencial.

El Proceso

La primera noche y por dos o tres días más realizamos meditación por respiración o anapana. Esta técnica era para reconocer el mecanismo y naturaleza de la mente y su relación intrínseca con la respiración.

Todo esto fue muy fuerte, la Vipassana es un valioso aporte del Buddha para la humanidad y creo que las personas deberían permitirse la oportunidad de practicarla al menos alguna vez en sus vidas. Aunque pareciera que sólo fuera para valientes; de hecho, supe que algunas personas se retiraron al segundo día.

Mi mente era una cascada de imágenes, sonidos, luces, conversaciones, recuerdos, proyecciones, fantasías tontas y deseos ardientes de venganza e información inútil. Con decir que vinieron a mí recuerdos que jamás creí que volverían al presente, por ejemplo observé de manera nítida episodios de Cool McCool que había dejado de ver desde mi infancia (¡!).

Para el tercer día ya, las imágenes eran más sublimes. Y es que precisamente, Vipassana nos permite entrar en aquellas galerías interiores de nuestra mente y pude asumir con responsabilidad mi propio “Yo”, pues a esos niveles tan profundos ya no había cabida para ayudas o recetas externas. Era yo enfrentada a mis propias vivencias y complejos, excesos y defectos.

El cuarto día comenzamos Vipassana. Mi cuerpo estaba hecho puré, con cólicos horribles. Con dolor de estómago, dolor en la espalda y rodillas. Todos los días me acercaba al periódico mural y leía sobre la “Firme Determinación”. Ahora sí se venía lo bravo…

Yo que me movía como un gusano y no podía mantener la misma posición durante más de 5 minutos, ¿cómo rayos iba a lograr permanecer estática durante toda una hora? No obstante, aquella prueba de voluntad, aquella “firme determinación” dio su fruto y operó mágicamente en mí. Me repetía ante los dolores “anitcha, anitcha” y vigilando mi respiración, tal como lo indicaba Goenka, el Maestro que seguíamos sus instrucciones por grabaciones de audio.

El séptimo día de Vipassana fue primordial para mí, pues pude por fin asimilar la técnica. Considero que estuve cerca de alcanzar lo que ellos denominan “banga”. La frecuencia vibratoria era bastante alta, tanto que ya no sentía mi cuerpo. Es una experiencia que nunca voy a olvidar. Estoy segura que pude quemar algunos samskaras, que son los actos o reacciones que dominan nuestra personalidad porque han permanecido a lo largo de todas nuestras existencias debido a las sensaciones de avidez o aversión de los diversos estímulos que se tienen o han tenido con cada experiencia.

Aquel séptimo día me había retado a mí misma a permanecer sentada en flor de loto y que no me importaría si se me gangrenara la pierna o cualquier cosa; pensaba que esta se me iba a acalambrar y que después no me permitiría caminar bien, pero luego que soporté el dolor con ecuanimidad y concentrada en las vibraciones pienso que adquirí un poco más de consciencia pues la naturaleza de la mente (imágenes, sonidos y demás sentidos) dio paso a un profundo silencio, me percibí como en una especie de nada, sin cuerpo y obtuve el conocimiento intuitivo que mi mente se ponía a mi servicio, pues me daba cuenta que yo la había como “domesticado”.

Hablando francamente, me asusté un poco porque no sabía en ese entonces cómo manejarlo. Esto fue tan sólo un instante, eso creo, y felizmente llegó ese momento ansiado –supongo yo- por todos: cuando Goenka iniciaba sus cánticos, señal que anunciaba estar a punto de terminar la sesión. Luego hablé con la Maestra, una mujer de aspecto venerable, con ropas blancas y cabellos grises, muy afable, pero firme y me dijo que posiblemente yo ya habría hecho esto en alguna vida anterior, porque le conté que yo sentía esto como un recuerdo; de haberlo realizado como un juego para salir del cuerpo cuando niña.

Luego de esto, las siguientes meditaciones fueron más placenteras. Incluso, en aquella determinante, al levantarme me sentí súper ligera, sin dolor alguno en las rodillas y con bastante vitalidad. Precisamente la tarea era esta: ahora me tocaba superar el desapego a la avidez por lo agradable, sabiendo que en el Universo se opera la ley de la impermanencia, todo cambia nada es estable.

Estoy profundamente agradecida con la Vida, y con Buddha por haberme permitido vivir y experimentar plenamente Vipassana.

Gracias a esta meditación pude comprobar en carne propia verdades infinitas del Universo y que todo es fluctuante, cambiante. Todo es transitorio, mutable, precario y efímero, en suma: Maya.

Mi cuerpo de este segundo es distinto del siguiente segundo y del que le sigue. Por lo tanto, las llamadas “enfermedades crónicas” no son tal en realidad. Pude comprobar que todo es ilusorio, pues hasta dudé de mi cuerpo y de mi materialidad, pues sentí usando la analogía de la persistencia retiniana que aplica para la TV unos 30 cuadros por segundo y para el cine unos 24 cuadros por segundo, que mi imagen proyectada a los demás es también un frame o cuadro, pero proyectado a un infinitesimal número de imágenes por segundo. Por eso mismo, no hay nada mejor que vivir el presente, es lo único real. El vivir el aquí y el ahora es lo que nos conecta a nuestra conciencia.

Metta.

Mi experiencia con Vipassana – Vol.01

❝Oh, la mente, sí la mente tiene montes,
precipicios a pico de horror,
por nadie son dados❞
— GM Hopkins

Vipassana.ExperienciaTranscurría el año 2006 e iba caminando lenta pero seguramente al precipicio de la depresión. Andaba malhumorada, intranquila, comiendo y llorando a cada rato. Lo bueno era que me aferraba al Ámbito Superior y oraba por las noches para que me otorgara prudencia, o lo que es lo mismo: ECUANIMIDAD o “Anicca” (se pronuncia “Anitcha”), para las enseñanzas budistas, y que me mostrara el camino de mi misión, de mi sentido de vida, es decir Dhamma.

Y así fue que la Vida me envió señales y felizmente supe interpretarlas, me dejé guiar y aquel 27 de diciembre del 2006 al 07 de enero del 2007 viví los diez días más provechosos y significativos en lo que iba de mi destino (luego repetiría el plato años más tarde).

Descubrí mucho y experimenté otro tanto… y es que precisamente de eso se trata Vipassana, un tipo de meditación enseñada por Sidharta Gautama, el Buddha hace 25 siglos. Vipassana es convertirse uno mismo en un observador de su propia mente y cuerpo, tal como lo haría un científico en el marco de su propio Ser.

Y practicar Vipassana fue maravilloso. Terrible, agotador, doloroso… pero maravilloso. Lo más sorprendente fue la comparación que pude hacer entre la yo renegona, cargada de negatividad en mi último día en casa con la mujer totalmente diferente el día que regresé: resplandeciente, totalmente optimista. El cambio realmente se había operado; fue como si hubiera llevado años de psicoterapia condensados en 10 días. Definitivamente me hicieron muy bien esos días de silencio profundo, aire puro y fresco y buena alimentación.

Los preliminares

Cuando llegué al punto de encuentro conocí a algunas personas que me contaron que al igual que yo habían dejado sus casas con cosas pendientes que le causaban desazón. Para quienes realizábamos por primera vez esta meditación estábamos llenos de expectativas, dudas y curiosidad.

Yo estaba enfocada en conocer bien la técnica y abierta a cualquier posibilidad. Admito que no practico con la frecuencia que quisiera. Luego del retiro, durante los diez días siguientes más o menos, me despertaba a mitad de mi sueño sintiendo las pulsaciones o vibraciones que sentía durante la Meditación.

Cuando ya llegamos al lugar del retiro (“Ut congnoscant te”) en Cieneguilla, un apacible rincón rodeado de grandes jardines, árboles y cactus graffiteados, nos dio el encuentro el guapo actor Santiago Magill, vestido de blanco y daba la impresión de ser un joven monje budista. Luego de algunas horas de espera, incluido un temblorcillo ligero y ser parte del bufet sanguíneo de mosquitos y zancudos por fin nos llevaron al comedor y nos dieron la bienvenida con un delicioso “solterito”, plato de la gastronomía arequipeña.

Terminada la cena, nos llevaron a un salón donde nos separaron por géneros y nos dieron las instrucciones finales de cómo se debía desarrollar todo: horario, limpieza de los dormitorios, código de ética, quién tocaría la campana dichosa que nos despertaría diariamente a las 4 de la madrugada y que nos avisaría por igual la hora de las comidas y el momento de apagar las luces y un largo etcétera más.

Cuando terminó Vipassana estuve considerando seriamente en convertirme en una monja budista, ya antes se me había cruzado la idea, pero antes bien lo decía por evasión, quizás, con una mezcla de búsqueda interior. Sin embargo, me encantó tanto ese estilo de vida que por aquella época creí convencida que eso era lo mío. Ahora, varios años después y luego de haber corrido mucha agua bajo el puente, me doy cuenta que se necesita coraje para afrontar la Vida y sus vicisitudes y sorpresas. Me doy cuenta que meditaciones como la Vipassana son una excelente herramienta para conservar la ecuanimidad ante estas. El mar de mi vida podrá tener olas con crestas gigantescas, pero la ecuanimidad es mi tabla de surfear. Incluso estoy enterada que ya actualmente los psicólogos recomiendan este tipo de meditación como terapia. Pero es más que eso, es un modo de ver la vida, un modo de tomar las cosas y vivir el Presente, el aquí y ahora.